Hacía semanas que algo le pesaba en el pecho cada vez que salía de su casa en Lomas de Chapultepec. Su hija Sofía, de apenas cuatro años, ya no corría a abrazarlo igual. Ya no cantaba en el desayuno. Ya no dibujaba soles ni corazones. Ahora caminaba despacito, mirando al piso, como si cualquier ruido pudiera ser culpa suya.
Renata, su nueva esposa, siempre tenía una explicación.
“Está sensible.”
“Está enfermita del estómago.”
“Le falta disciplina.”
“Desde que murió Mariana, la niña se volvió demasiado dependiente.”
Mariana había sido la primera esposa de Emilio, la mamá de Sofía. Murió tres años atrás en un accidente de carretera rumbo a Cuernavaca. Desde entonces, Emilio se había refugiado en el trabajo, convencido de que llenar la casa de comodidades era una forma de proteger a su hija.
Renata llegó un año después: elegante, educada, impecable. Venía de una familia conocida en Guadalajara y parecía saber exactamente cómo ordenar una casa rota.
Esa mañana, antes de irse al aeropuerto, Emilio había visto a Sofía sentada en la cocina con un vaso verde frente a ella. La niña tenía las manos frías, los labios secos y el cabello pegado a la frente.
“No quiero ir al kínder, papi… me duele la pancita”, susurró.
Renata le acarició el hombro con una sonrisa perfecta.
“Es mejor que se quede conmigo. Le haré sus ejercicios. Ya sabes que necesita estructura.”
Lupita, la señora que trabajaba en la casa desde que Mariana vivía, dejó caer una cuchara al escuchar eso. Miró a Emilio con ojos llenos de algo que él no entendió en ese momento.
O no quiso entender.
Antes de salir, Sofía le entregó un dibujo arrugado. Era una casa enorme, con todas las ventanas pintadas de negro. En medio había una niña sin boca.
“Luego me cuentas qué significa, mi amor”, le dijo él.
Pero Renata ya la estaba llevando por el pasillo.
Cuando Emilio volvió inesperadamente, entró en silencio, con una muñeca nueva en una bolsa. Quería sorprender a su hija.
Entonces escuchó un sonido seco.
Tac… tac… tac…
Un metrónomo.
Subió las escaleras despacio.
La voz de Renata no sonaba dulce. Sonaba fría.
“Espalda recta. No tiembles. Si quieres que tu papá esté orgulloso de ti, aprende.”
Luego escuchó la vocecita de Sofía:
“Mami… estoy cansada…”
Emilio empujó la puerta.
Sofía estaba parada sobre un bloque de madera, en un solo pie, con un libro pesado sobre la cabeza. Su cuerpecito temblaba completo. Tenía los ojos llenos de lágrimas, pero no lloraba.
Entonces el libro cayó.
Sofía se quedó tiesa, pálida, y susurró:
“Perdón… no terminé…”
Y Renata, tranquila, dijo:
“Si lo tiras, empiezas otra vez.”
Emilio no podía creer que eso estuviera pasando en su propia casa… y todavía no sabía que lo peor apenas iba a comenzar.
PARTE 2
Emilio abrió la puerta de golpe y el libro cayó al piso con un ruido que retumbó en toda la habitación.
Sofía perdió el equilibrio. Sus rodillas pegaron primero contra la madera y luego su cuerpo se dobló hacia un lado.
“¡Sofía!” gritó Emilio, corriendo hacia ella.
Pero la niña no extendió los brazos hacia su papá.
Se arrastró hacia atrás, aterrada.
“No, papi, por favor… no te enojes… perdón… no terminé…”